La poesía no es el ámbito que más disfruto, ni tampoco aquel en el que me siento más cómodo, y sin embargo en muchas ocasiones me descubro a mí mismo escribiendo versos o palabras hiladas en estrofas de tiras que caen de las páginas como si la gravedad tocara tambien su cuerpo, y creo que en cierto punto aquella falta de voluntad a la hora de elegir cómo hacerlo me divierte y no perjudica lo que quiero decir, lo que siento, lo que quiero expresar, sino que lo alienta en una forma de libertad insólita que deviene en ese ritual improvisado que es para mí escribir una poesía. Esta trata acerca de las despedidas, la escribí mientras fumaba un cigarrillo sentado en el estribo de un tren que me devolvía a mis orígenes y me iba arrancando físicamente de otros parajes que apenas y pude conocer, poco a poco, conforme la máquina avanzaba. Ahí va:
que seducen al dolor,
y engañan a los extraños
que agotados
se rinden y celebran
la ruptura de sus cuerpos;
se dicen adiós,
nos vemos pronto,
pero estas palabras
no significan nada;
será sólo la pérdida,
la desventura amarga
y la tristeza
lo unico que quede en ellos
al terminar el día;
pero se habrán despedido y entonces
creerán que la pena es mutua
y hallarán consuelo en el abrazo,
en el último beso tibio,
en la sublime y maldita convicción
de que no están solos,
de que acaso eso
ya no es posible.
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